Llegó el otoño y se agrietó el deseo.
Cogimos frío, nos pusimos tibios.

El viento nos llevó, nos dejó lejos,
y hojas secas empaparon el sendero.

Grité tu nombre entre los aguaceros;
pisé mi rostro en ese charco feo.

Se puso mustio nuestro amor:
qué maniqueo.
Tal vez solo se tomó un recreo.

Te perdí entre el marrón, el oro, el gris;
se escapó tu blanca piel de entre mis dedos.

Y pronto llovió más y más, y ya no veo.

Mudó de piel mi cama a edredón viejo.
Espera oler a ti para el invierno.

También yo te echo de menos, eso es cierto:
la goma de mascar y el beso lento,
tu gélido calor, tus dos o tres defectos.

A ver si pasa ya este otoño raro.
Qué nos deje tranquilos.
Qué nadie le ha llamado.

Qué vuelvan ya el invierno
y tus besos helados.