Cárcel de metal viejo
y color ceniza,
mírame marchar;
te digo adiós.

Abandono tus calles,
tus indeseables avenidas
y tus parques muertos.
Ya no me perderé entre
tus semáforos y túneles.
No contribuiré con mi vida
a tu molesto ruido.

Adiós caras sin nombre,
palabras sin voz,
estruendo de luces,
distracciones del progreso.
No me extrañéis
colores apagados,
me voy de noche,
antes de que me atrape
vuestro tedio.

Eres un engaño.
Una de esas risas enlatadas
esperpento de la misma risa.
Eres un intento de parar el viento
con tus muros de piedra.
Una ilusión de control
que nace del esconder las estrellas.

O tal vez no.

Pero así te siento:
muerta y fría.
Como los pobres que se pierden
en tu laberinto indiferente.

¿Qué fue de las colinas,
del silencio del bosque y
del agua del arroyo?
Ahora no nos conocen;
tampoco nosotros.

Ah, sociedad estéril,
esclava y ruidosa;
te digo adiós.

No lloro, no desprecio,
No escupo ni me lamento.
Ante mí: la espesura,
el aire limpio y la noche eterna.
No me extrañes
cementerio de los hombres,
no me busques
esperando para cruzar.
Soy un hombre salvaje.
Y te desprecio.