Nunca quiso ser
cuestión evidente
Siempre esquiva,
tantas veces ausente.

¿Cómo hablar
de aquello que no
conozco?
Mas, ¿no lo hago
cada vez que hablo?

Sin más,
con el derecho que
me dan mis labios
cansados y mis ojos
apagados,
comencemos:

Se nace,
si a uno le dejan;
en un pesebre a veces,
incubadora aséptica
y pinchazo en el talón.

Se crece,
con dolor se aprende
y con risa se descansa;
en su estridente melodía
encuentras esa paz
que desmereces,
que en cada carcajada
te estremece.

Se ama,
y de esto no sé nada.
No conozco
los esquivos besos
que con el paso del tiempo
se vuelven amargos
como cerveza vieja.
Tampoco la pasión
que al vino se asemeja.

En los silencios
se mira a la amada
a veces sin amarla
a veces sin ver nada.

Unos dicen que es fácil,
pocos no dicen nada;
en cuestión de amar,
muchos saben,
pocos aman.
Pero todos sueñan
con que el amor no acaba.

¿La respuesta?
En su mirada.
¿Puedo pedir
algo más?

Sí,
como mucho
una caricia,
un susurro
entre la almohada.

¡Rómantico!
dirán, poeta.
Soy realista amigos.
Aunque de amar
no sepa.

E ignorante,
de amar hablo
Sin saber
cómo lo hago.

Se envejece:
callos, silencios,
olvidos secos.

Rabietas injustas
en cuerpos endebles.
Y sin embargo,
la paz, la vieja amiga,
de nuevo nos visita.

O eso dicen
nuevamente,
aquellas bellas gentes
que nada saben
y nada callan.

¡Y que no callen!
¡Pero que vivan!
Que tal vez no
sepa nada,
pero vivir,
lo vivo todo.

Que queden
mis labios cansados
y mis ojos apagados,
de tanto ver y besar
de tanto hablar y callar.