De la ingratitud de la existencia,

de la injusticia inherente a la vida,

de la corrupción más humana

de la flor más inocente.

De todo ello nace el dolor

más puro y sincero

que ha visto nunca el hombre en su desdicha.

Es del color de la lluvia

cuando cae sobre los ojos ya mojados;

de la consistencia del aire

cuando se exhala el espíritu;

angustia,

incomprensión,

desdicha infecunda.

Un reflejo más de la vida gris

que no sabe ni quiere saber ya.

La luz, cómplice,

devuelve su imagen descompuesta,

la misma de una fotografía gastada,

repetitiva y agobiante.

No es quietud

si no estar quieto.

No es calma

si no más bien tedio.

¿Qué será del alma

que anhela

los restos de una vida

que hace tanto yace inmóvil?

Angustia,

incomprensión,

desdicha infecunda.

Palabras vacías

que no dicen nada,

silencios cargantes

que tampoco hablan.

¿Lluvia?

Sería oportuna:

gotas que bajan por el cristal,

parece que juegan,

parecen tantas cosas…

La siempre hipnótica fuerza

que a todos nos iguala.

Pero no.

La tormenta murió

cuando la tormenta importaba,

el recurso poético

condenado al desprecio.

“¡No se permite sufrir!”

¿Acaso se pudo

alguna vez?

No.

Asco,

soledad,

lágrimas;

angustia,

incomprensión,

desdicha infecunda.

La flor que muere por el deseo,

los pétalos aplastados,

esparcidos sobre la tierra húmeda.

Llora un muchacho

que aún se atreve a ser feliz.

Y una vez más,

nadie sabe que hacer:

suspiros…

Angustia,

incomprensión,

desdicha infecunda.