Fue tras esa cena rápida y cara en la que hubo risas y felicitaciones, que alguien sugirió «Hey, vayamos a bailar» y fuimos, y, para variar, fue una buena idea. Bien es verdad que según nos acercamos al local el grupo se hizo más pequeño, no se engañen, nunca fuimos de darlo todo en la pista. Pero aquella noche lo dimos, vaya si lo dimos. Todo eran risas y saltos y bailes y vueltas y vueltas. La música que deja sordo pero que entra bien hondo y lo remueve todo, dejando poco espacio a nada más, haciéndose eco entre los pensamientos. Y yo mientras tanto sintiendo que aquello era real.

Recuerdo que palpé las paredes, sí, parecían reales; eran reales. Ese tacto áspero del ladrillo negro sobre mi mano seca, el sudor, las luces, la gente, el olor. Todo era cierto por un instante de colores y bailes, todo se movía de acuerdo a esa melodía bendita que rara vez oigo, al compás de la caja de música que se apaga de pascuas a ramos y que tiene una nota rota y solo suena bien de vez en cuando. Era eso, las risas, las miradas, la belleza, la vergüenza y la sensación de ser torpe, muy torpe, el dolor de espalda, la garganta roja, el júbilo interno, los ojos llorosos, el alma viva y a la vez cansada. Todo concentrado y revoloteando sobre mí, a través de mí y de los que conmigo bailaban aquella noche, una conjunción astronómica de seres que se escapaba, dirigiéndose inevitablemente al tiempo que fue, la melancolía del recuerdo y la certeza de la oportunidad perdida. Fue entonces cuando, por vez primera, sentí el tiempo como una presencia irrefutable, como ese amigo que envejece a toda prisa y ya lo sabe todo de la vida. Lo que nunca más sería, lo que era, lo que sí que sería.

Y ella, ella de fondo y de lejos como una presencia eterna en ese instante, mirando por la ventana si la hubiera, cruzando mi mirada por un momento y sin decir nada, ajena al ruido y al baile, pero presente. Presente en su humanidad más verdadera, más innegable, más sutil y más sencilla.

Me saluda con la mano y yo sonrío, feliz al ver completo el cuadro de la noche en mi recuerdo, con un libro entre las piernas y una sonrisa, hablando con la be como solíamos hacer entonces, apartados de la vida y a la vez, viviendo.