Publicado primero en Una cerveza, por favor.

A mí una de trigo, por favor. Aunque sólo sea por no desentonar.

España, la nación que tanta rabia da y, al mismo tiempo, tan indiferente resulta a la mayoría de los jóvenes es, en el fondo, una gran desconocida. Desde que en la escuela aprendiésemos y olvidásemos con rapidez sus principales accidentes geográficos e hiciéramos algún trabajo mal planteado sobre la Constitución, España, para la mayoría se ha convertido en poco más que un titular de prensa, unas elecciones, o la bandera de un club deportivo de cierto renombre.

Bien es verdad que no soy una persona que destaque por su patriotismo, y ya habrá tiempo para reflexionar sobre ese amor a la patria, que escasea y abunda casi por partes iguales en esta tierra. Sin embargo, como consecuencia de mi, llamémoslo «gusto» por la aventura, he tenido la oportunidad de acercarme a la realidad que subyace al mero término burocrático, a la España profunda diríamos, si buscásemos un titular carente de significado, pero dotado a su vez de un cierto misterio. Y he descubierto una región que trasciende en gran medida a esa terminología periodística y se presenta como un país sencillo y, ante todo, mucho más rico en matices de lo que el panorama actual nos brinda.

Sin entretenerme demasiado en explicar la naturaleza de mis viajes –pues ya son dos– daré algunas pinceladas sobre el desarrollo de los mismos. Impulsado por una fuerte inquietud, y tal vez un exceso de imprudencia, decidí echarme a andar hacia el norte, desde Madrid, en dirección a Santiago la primera vez, y a Vitoria en la segunda, sin dinero ni fecha de regreso. Los motivos son varios, al igual que los descubrimientos, internos y externos, que me aportaron ambas andanzas. Y entre los últimos encontramos un país, que por primera vez se me presentaba como tal.

Tanto a los que aman sin conocer como para aquellos que odian desde la misma posición, les invito a que, como yo, conozcan y se empapen de las gentes y las distintas tierras de este bello rincón del mundo, y que lo hagan de veras, no a través del papel o la pantalla. Tal vez tengan fuertes inquietudes políticas, o una profunda necesidad de que las fronteras fijadas sean o dejen de ser como siempre han sido, pero para dotar a su apasionada defensa del que consideran «su país» de fundamento, para no caer en el engaño de amar a una idea y de alimentar el tópico de nuestra tozudez, preparen el macuto, ármense de sobriedad, y echen a andar por esta región que tanto les enorgullece o desquicia: conózcanla.

Si lo hacen descubrirán que España no es tan grande, que los pueblos no están –todavía– acabados y que la frase «los principales cultivos del país son el trigo, la vid y el olivo» tiene un significado muy distinto cuando atraviesas Castilla en los meses de verano. Recibirán la generosidad de muchos, y ese gusto por hablar de los ancianos, también conocerán auténticos caraduras y participarán, probablemente, en acaloradas discusiones. Cruzarán sierras como la de Guadarrama o la de Cebollera y pararán en Segovia o León, por supuesto, pero también en Alarilla, en Moral de la Reina, en Santervás o en Arguijo. Conocerán la región de Cameros, así como la del Bierzo, y tantas otras pequeñas tierras aparentemente olvidadas. Al hacerlo recordarán mejor los ríos, y no sólo los grandes y conocidos, sino también ese arroyo que tan difícil fue atravesar o aquel en que pudieren darse, al fin, un buen baño. Y cuando hayan llegado a su destino, aún les quedará mucho por conocer.

¿Qué es España? ¿Merece la pena luchar por ella? ¿Quién habita sus campos? ¿Y sus sierras? Para terminar, una anécdota de nuestra llegada a Arguijo. Cansados y con un frío que no esperábamos, llegamos a un pequeño pueblo de Soria, en la falda de la montaña. Soplaba un viento cortante y la perspectiva de pasar la noche a la intemperie se nos antojaba, como mínimo, complicada. Por suerte, sus habitantes, gente sencilla y de bien, tras conocer nuestra historia y deliberar un rato, no sólo nos permitieron descansar bajo techo, sino que además nos indicaron el camino que debíamos tomar a la mañana siguiente, dándonos cobijo y amparo. Si España se parece a lo que Arguijo fue para nosotros aquella noche, yo, como mínimo, querría conocerla, ¿y usted?