Intentaba ser optimista, sonreír, y por eso salí de casa. Por eso giré a la izquierda en la primera calle y seguí hasta la avenida. Por eso una vez allí, esperé para cruzar y caminé por la acera hasta la escalera peatonal nueva. Por eso, en definitiva, acabé por entrar en el parque San Rafael. Hacía mucho que no entraba. Solía ir con Esther a pasear con ella y con su perro Lincoln, un pastor alemán precioso que tenía miedo de su propia sombra. Esther… Caminar por el San Rafael siempre me recordaba a ella, a sus pecas y a su nariz asimétrica, incluso aquella mañana me vinieron algunas imágenes suyas.

Ignoré los árboles, la mayoría plátanos cuidadosamente colocados y algún que otro sauce, y la caída de sus hojas merced del viento y también a los demás paseantes, pero eso era menos novedoso. Me movía deprisa y tenso, preocupado al comprobar que el parque no ejercía su influencia. Lincoln había muerto de un infarto una noche y Esther se lo encontró la primera. Fue muy triste. Creo que ese fue mi primer contacto con la muerte, bueno, mío no, de ella. No es bueno apropiarse de las tristezas ajenas, por muy insulsa que sea la propia vida. Pero eso había sido hacía mucho tiempo y la muerte no era importante en esa mañana de octubre. O al menos no debía serlo. No hay que pensar en la muerte cuando no toca, de la misma forma que no se debería de pensar en la vida más de la cuenta. Pero qué le iba a hacer yo si no podía dejar de hacer ambas cosas incumpliendo mis rígidas normas y decepcionando una vez más a esa parte de uno mismo que se presenta como juez de las acciones. Qué le iba a hacer yo si no podía ser optimista, si no podía sonreír. Al menos había salido de casa, lo había intentado.

Antes de llegar al estanque me faltó el aire. Noté que todo daba vueltas y vi que los árboles giraban y giraban, revelando sus cambios de piel y perdiendo sus hojas, vi cómo el césped brotaba y como los adoquines indiferentes se mantenían estáticos bajo mis pies. Nada de aquello sería real, por supuesto. Todo era de nuevo una cuestión de percepción, como todo. La subjetividad insalvable haciendo acto de presencia una vez más para quitar, sino dramatismo, cualquier tipo de credibilidad al relato de un joven que tampoco termina de entender qué le sucede. Me di cuenta entonces de que si había salido de casa no era para sonreír, sino para llorar. Y no me hizo falta deducirlo en base a mis condicionamientos previos, no tuve que unir cada variable con su eslabón correspondiente ni tampoco requerí de la ayuda de un libro de psicoterapia ni nada por el estilo: simplemente eché a llorar.

Recuerdo que me senté en un banco y dejé caer las lágrimas y los mocos, incluso me permití algún que otro puchero. Todo era tan triste y confuso. Todo tan gris. Se trataba de una tristeza difusa e inconcreta, de esas que desmerecen un buen relato, una suerte de motivación imprecisa para un protagonista, pero el caso es que así la sentía. Y hacía tanto frío en ese dichoso parque, ¿para qué había ido allí? Debería volver a casa, en casa haría más calor. Tal vez allí todo dejara de dar vueltas y recuperaría el aire. Pero, ¿qué decía? Justo esas fueron las frases que me habían hecho salir a la calle, y girar a la izquierda, y seguir hasta la avenida, y esperar para cruzar, y caminar hasta la escalera peatonal nueva.