El otro día leí, de manera fortuita y a la vez intencionada, que la Coca-Cola comenzó a venderse en los Estados Unidos el 8 de mayo de 1886 en Atlanta, en la farmacia de un tal Jacobs. Que dejó de ser “un tal” para convertirse hoy día en, ni más ni menos que el primer distribuidor de la “máquina de la felicidad”, o lo que quiera que su estupendo márketing nos haya hecho creer. Aunque hay que recordar que el inventor del presente jarabe fue John S. Pemberton, cuyo nombre suena mucho más original, por cierto.

Entonces mi cerebro, acostumbrado a trabajar siempre en segundo plano aun cuando todo funcionaría mejor sin el movimiento de sus engrasados pistones, decidió plasmar, ya no recuerdo si de forma verbal o no, la siguiente cuestión: ¿Nietzsche tomaría alguna vez dicho brebaje?

Seguramente la pregunta tenga algo que ver con el hecho de que estuviese leyendo al autor mientras disfrutaba de un vaso de ese líquido negro y burbujeante que a tantos gusta. A pesar de ello, la respuesta no era, por suerte, evidente. En nuestro tiempo todo parece evidente, y no deja de ser curioso, pues lo mismo debía parecer hace siglos y tenían otras explicaciones para casi todo –hace más de un siglo quiero decir, que la Coca-Cola tiene ya bastante más de cien años– pero en fin, en su época el bueno de Nietzsche creía tener algo que decir, y en la nuestra casi todos creemos tener algo que compartir. Y sin embargo de pronto me encontraba con algo no evidente, algo no “tuiteable”, no inmediato. Y ya advierto que estoy usando el término en un sentido amplio. En este contexto, “evidente” viene a significar algo así como indudable, hace referencia a esa verdad de fondo que se ha instaurado en nuestra sociedad y que resuena en nuestro ser detrás de cada afirmación, especialmente si somos gente coherente. Es esa noción infundada de que el hombre lo sabe todo, aun cuando no se pone de acuerdo en nada. Las discusiones con ese manto de fondo pasan a ser simples juegos. Si se habla del alma es normal que alguien afirme: pero esto no lo sabemos, pues no somos psicólogos; si por el contrario hablamos del universo se cita al físico y se anula la conversación; y, sin duda la que más me duele: pero deja el pensar para el filósofo, que él sabe más, que para algo estudia.

Sí, amigos. Vivimos en el tiempo de la referencia, pero ya no quedan referentes. Todos sabemos que saben, pero pocos saben que saben. La cadena de la ignorancia no hay quien la pare y por eso me alegró en muchos sentidos encontrar una cuestión que a mi, insisto, peculiar sesera resultó interesante y, sobre todo, no evidente. Permítanse pues, acompañarme en este, ya adelanto corto y escueto, viaje entre la Coca-Cola de Jacobs y la boca de un Nietzsche que ya estaba mentalmente agotado y su posible pero poco probable y desde luego intrascendente encuentro.

Al consultar la Wikipedia, ese portal del conocimiento libre e imperfecto –que por otra parte, también contribuye al mito de la omnisciencia humana– me encuentro con que el filósofo sufrió algún tipo de colapso el 3 de enero de 1889 y, realmente, después de aquello las cosas no fueron muy bien para él. Tristemente, de llegarle la coca algún día ese tuvo que ser después de 1897, primer momento en que el oro líquido cruza la frontera de Estados Unidos –aunque realmente aún estaba lejos de tener por destino a Europa– ¿Y dónde estaba Federico en esos tiempos? Pues si aún le quedaba algo de lucidez, estaría llorando por su hermana recientemente fallecida o más bien celebrando su marcha. Vivía en Weimar, precioso lugar, y yo me lo imagino sentado en una mecedora, con la mirada perdida y los pelos del bigote desordenados, esperando impaciente, su Coca-Cola. Evidentemente, dados los datos a los que he tenido acceso, que ya admito que son pocos, es harto improbable que el alemán probase la susodicha bebida. Pero me parece divertido el hecho de que le faltó poco para hacerlo.Nietzschestd

Mientras él hablaba del súperhombre, un farmacéutico revolucionaba un barrio con una bebida que nunca llegó a llevar cocaína, le pese a quien le pese. Cuando sus últimos libros se publicaban en Europa y su mente se marchaba hacia Dios (el muerto) sabe dónde, cientos de botellas se destapaban entre grupos de jóvenes de entonces que pondrían muecas ante las burbujas y se refrescaban con su paso por la garganta. Al tiempo, España aún no se había quedado sin todas sus colonias, la esclavitud hacía poco que se había rechazado como práctica social y Estados Unidos aún se recuperaba de su guerra, ¡por amor de Pemberton, si el Titanic aún no se había empezado a construir! ¿Las grandes obras del siglo veinte? Inexistentes, ¿sus escritores? La mayoría en el limbo, el resto jugando al balón ¿Y qué hay del feminismo? Daba sus primeros pasos, nada más. Si leyesen a Nietzsche ya sabrían que el género no le causaba mucho aprecio. Pero no lo hacen, ¿para qué, si ya lo sabemos todo?

Un saludo y buena semana.