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–Y llegado a este punto, ¿qué podemos decir de los hombres?

–¡Já! De los hombres, ¡qué diantre! Así entras tú, ¿verdad? A machete. Se nota que eres joven y curioso, déjame que lo piense…El hombre se enfrenta a la escasez con la abundancia, a la limitación con el infinito, a lo concreto con lo abstracto de su auto-consciencia. Ellos lo intentan, tratan de hacerse valer en una realidad extraña y confusa, inabarcable a sus ojos, en la que se descubren a la vez como narradores y protagonistas, en una suerte de esquizofrenia narrativa más evidente para algunos que para otros. Será la época en la que les ha tocado vivir –asumo que hablamos de los hombres que están vivos–, donde la elección se vuelve más consciente y por tanto más difícil y la realidad más fría y devastadora. ¿Qué pueden hacer? ¿Cómo ser si al mismo tiempo han de acotar los términos de su existencia, construyendo su contexto al mismo tiempo que lo transitan? No, no se les puede tomar a la ligera. Ellos son obstinados en su lucha por vivir, por ser. Pero estos tiempos, estos tiempos son difíciles para el hombre.

–¿Por qué, maestro?

–Porque ahora, al contrario que antes, son conscientes de su bipolaridad existencial, de su doble papel. Y nadie está preparado para esa disyuntiva, ningún ser de los que existen. Uno se permite ser en un entorno, ¿cómo va a hacerlo sabiendo primero que tiene que inventarse el contexto? ¿Qué credibilidad tendrá, para ellos, su propia historia? Han de viajar continuamente entre ambos engranajes, y eso no hay narrador que no lo aprecie ni historia cuya credibilidad lo resista.

–¿Están, entonces, condenados?

–Esa es una palabra grandilocuente y definitiva, amigo mío. Será mejor que acabemos aquí la conversación, que mucho me temo que el narrador (el nuestro) no se atreve –o no sabe cómo– a contestar a esa pregunta. Por suerte, ese no será nunca problema nuestro.

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