Publicado primero en Tecnoción.

Como de sobra sabemos, la comunicación se compone de: emisor y receptor, mensaje, código y canal. Estos elementos se relacionan entre sí para permitirnos lograr nuestro objetivo: comunicar. Sin embargo, ¿somos conscientes de la importancia de cada uno?

Tanto el emisor como el receptor son responsables de generar el contexto comunicativo. En función de a quién nos dirijamos, nuestro código cambia, aunque mantengamos el mismo mensaje. Por ejemplo, al preguntar la hora a un desconocido no lo hacemos del mismo modo en que le preguntamos a nuestro hermano. El mensaje, por su parte es aquello que queremos comunicar y el código y el canal determinan la forma en la que ofrecemos dicho mensaje.

Actualmente, la tecnología nos brinda algo increíble: poder comunicar prácticamente desde cualquier sitio, las 24 horas del día ¡Y eso es fantástico! Podemos mantener así el contacto con amigos de otros países, o incluso mantener relaciones a distancia de un modo que antes no era posible (¿o sí lo era?), por no hablar de la rápida actuación que nos facilita ante emergencias. Sin embargo, no parece que el poder comunicarnos constantemente nos haga más felices o haga más fuertes nuestras relaciones, más bien ocurre lo contrario. Pero, ¿cómo es esto posible? ¿No es la comunicación la base de toda relación, ya sea amistosa o de otra clase?

Pues bien, no lo es. La base de toda buena relación es la buena comunicación. Sí, así de sencillo, pero vale la pena recordarlo. Lo que ocurre es que en nuestro afán comunicativo–completamente lícito y admirable–hemos sacrificado, casi sin darnos cuenta, forma por contenido, hemos apostado por la cantidad, obviando la calidad. Y eso, aunque parezca a ojos de algunos un simple detalle intrascendente, tiene sus consecuencias.

Probablemente gran parte de la culpa la tiene el canal, pero tampoco nosotros somos totalmente inocentes. Medios como WhatsApp, Telegram o Facebook se han convertido en nuestro día a día comunicativo, pero lejos están de poder transmitir todo lo que queremos compartir. Y es que además de alterar nuestras prioridades comunicativas, también están cambiando nuestra realidad social. De forma que esa premisa de “cantidad por calidad” se imprime poco a poco en nuestros grupos de amigos e incluso en nosotros mismos. Ya no importa cómo se dicen las cosas, lo importante es que queden dichas. Y esto amigos, es un drama. No es un “dramón”, por supuesto. No hay que ser catastrofista–ni siquiera con esto–pero sí es innegable que está afectando a nuestra psicología.

Por no extenderme más de la cuenta, la transformación social que estas herramientas generan la dejaré para otro artículo y en este me centraré únicamente en los cambios que están generando sobre la comunicación propiamente dicha.

Una buena conversación lo es en gran medida por sus silencios. Y el problema de estar comunicados las veinticuatro horas es que es una situación que no deja lugar al silencio, ni a la soledad. La red nos ha generado un ¿nuevo? miedo, el miedo a la soledad. Y no porque cuando estamos conectados estemos “realmente” más cerca del otro, sino porque necesitamos de esa ilusión de conexión constante, de esa continua distracción, de esa lluvia de información sobre nuestro entorno que nos mantiene en vilo hasta que pulsamos el botón de actualizar o deslizamos hacia abajo la pantalla de nuestro terminal para sentirnos completos.

Hablamos mucho, pero apenas pensamos. No reflexionamos, y desde luego, no conversamos con nosotros mismos. Todo esto genera individuos de personalidad débil y manejable, pero, sobre todo, genera insatisfacción, ya que, inconscientemente pasamos a buscar el sentido en la comunicación y no en la relación.

Un formato como WhatsApp nos brinda la inmediatez, la ilusión de telepatía, la risa fácil, la cercanía. Y, sin embargo, también nos priva de la quietud y la reflexión, de la correcta elección de las palabras y del gusto por intentar comunicar no sólo un mensaje si no también parte de nosotros mismos. Resulta paradójico, pero en una sociedad en la que constantemente nos escribimos, apenas unos pocos somos capaces de estructurar un texto que tenga más o menos consistencia y no responda al vaivén emocional que nos genera una pantalla.

No quiero, por no resultar excesivo, hablar en profundidad de cómo perjudica todo esto a una relación. Pero, a grandes rasgos, podríamos decir lo siguiente:

El amor, en su dimensión más emocional, se vale de esta inmediatez para satisfacer con pequeñas bocanadas el gusto por estar con la persona amada. Pero no nos basta con estos breves bocados; amamos a personas con nombre y apellido, con pensamiento propio y con gusto por su intimidad. Este frenesí de mensajes nos aturrulla y confunde, pudiendo llegar, además, a fomentar la posesividad, pues, de nuevo, el miedo a la soledad se imbrica en una relación que precisamente no debiera ser si no una unión de soledades.

¿Qué queda pues para aquellos que queremos a la vez crecer y comunicarnos? Como siempre, el buen juicio. Saber cuidar las formas y los tiempos, y también valorar la cantidad de tiempo que empleamos diariamente en mandar mensajes breves en lugar de mantener una bella conversación. El mejor ejemplo, es el de la carta:

Para escribir una carta –de tipo personal quiero decir– uno se sienta frente a su escritorio, se libra de las distracciones, y se concentra en su destinatario. Escribe un poco, se detiene, reflexiona y se imagina al receptor como un conversador mudo que espera su turno en ese particular diálogo. Por escribir a mano uno es más consciente de cada coma, de cada punto y de su ortografía. Es un reto, principalmente porque está plagado de silencios. Silencios que por otra parte insisto, necesitan ser oídos.

La inmediatez del mensaje es útil para ciertas ocasiones, pero si no se usa con cabeza, puede vaciarse completamente de su forma. Y con ello, el emisor desaparece, perdido mientras espera la respuesta, actualizando una y otra vez, cada vez más inquieto.