El gris y el azul eran los colores predominantes. Me gustaría poder decir algo más sobre la composición de lugar pero, por más que lo he intentado no lo recuerdo. Es cierto que en las múltiples ocasiones en las que he regresado a esa pequeña plaza he podido envolverme de otros matices que seguramente también completaban el cuadro aquella tarde. Pero, en mi pretensión de ser fiel a mi subjetividad, he de contentarme con decir, honestamente, que únicamente recuerdo tres cosas del evento en concreto: el gris, el azul y la conversación. Y es por causa de ésta que no logro recordar nada más, y también por lo que escribo estas líneas.

No sabría decir si yo era parte de la misma o si más bien fui testigo mudo—y por lo dicho, también bastante ciego—que presenció por alguna suerte ese intercambio intenso de palabras. Me gustaría pensar que yo era alguno de los que hablaban, de hecho, tengo muy claro cual desearía ser; o al menos, si tuviera la dicha de recordar, en que postura no me sorprendería encontrarme discutiendo sobre esos temas que ya nadie recuerda.

Pese a mi voluntad de ser honesto, adelanto que, lo único que considero cierto de lo que viene a continuación son las palabras pronunciadas, sin embargo, no es así lo único he juzgado como relevante:

El banco era gris, de unas tonalidades más claras que las del pavimento, pero no mucho más cómodo. Sobre él, sentados del modo más habitual, los dos interlocutores se miran y conversan. Mis recuerdos empiezan con la frase siguiente:

—Lo he pensado, definitivamente el suicidio es la opción más esperanzadora. Y tienes que entender que no es un capricho, sino una cuestión de coherencia.

—Y de cobardía.—puntualizó el otro.

—Y de cobardía, efectivamente. Pero qué más da eso; hoy día ni el valor mismo conserva su valor, ni hablemos ya de su condición de valeroso. No me importa morir cobarde. Ya muero sin sentido.

—Asumes que no puedes abrazar el sin sentido. Has leído sobre trascendencia y has olvidado todo lo que te enseñé. Por eso el suicidio es atractivo; es tu salto particular al panteón de los dioses. No buscas más que aquello que dices no tener, y por no tenerlo, mueres desesperado en la desilusión de un capricho no satisfecho. Pero, si finalmente al hacerlo adquieres aquello que deseas, como yo te aseguro, ¿por qué no mentirte en vida, como tantos hacen? No todos nacimos para ser absurdos, después de todo. Tal vez tú tengas que ser otra cosa. No es la opción más esperanzadora, si no la esperanza más cómoda. Y más cobarde.

—Hombre, así dicho, todo suena sencillo. Pero, ¿qué hay de aquello de que lo que se destruye con la razón…?

—Se reconstruye con la irracionalidad. Eso es lo que debes aceptar. No te niegues la vida por las frases que recuerdas, ignóralas, sus autores hace tiempo que lo hacen. Yo mismo hace años que no leo ninguna de mis obras. No pienses la vida o te la quitarás, de un modo u otro. Vive la vida, encuentra una causa; silencia tu inteligencia y tu juicio incesante. Olvida todo eso, pues, como sabes, aunque no comprendes, la razón hace tiempo que dejó de ser de fiar. Y desde luego, no te suicides. Date un tiempo. Olvida la coherencia, al menos de momento. No se puede ser coherente con una causa como esta, ni siquiera, como te digo, el suicida lo es.

—¿Me pides que abandone? ¿Y entonces? ¿De qué me ha servido llegar a estas conclusiones? ¿De qué esta certeza que tengo de que todo es absurdo? Dime, ¿para qué todo esto?

—Te contestaré con una pregunta, ¿para qué la vida?