Publicado primero en Una cerveza, por favor.

Póngame otra, por favor. A ver si me aclaro las ideas.

Últimamente ando algo preocupado por las noticias. No por su contenido, aunque pueda llegar a ser escandaloso, ni tampoco por la calidad de los textos, sin descartar que esto sea motivo de preocupación para algunos más letrados que yo. Lo que al menos en cierta medida me inquieta es la falta de sinceridad, de una suerte de objetividad entre todos esos titulares.

El mundo ha crecido, en complejidad y tamaño. Si uno quiere desenvolverse en él, participar de una forma más o menos activa de sus vaivenes, le conviene estar informado. Saber qué está pasando, dónde y, sobre todo, cómo le afecta. Prácticamente necesita ojos y oídos en cada rincón del mapa. Y para eso no le queda otra que fiarse. Tomar prestados los ojos de otro, que valientemente se ubica allí donde la noticia es realidad y confiar en que lo que le cuenta es lo que vio, o al menos lo que creyó ver.

Nuestra realidad es una combinación –no siempre fácil– entre las experiencias propias y aquellas que tomamos prestadas, de todos en general y de los periodistas en este caso particular. Pero, ¿qué pasa cuando ya no puedes fiarte? ¿Cuándo las falsedades contaminan su necesaria actuación y otros intereses desdibujan los hechos? A nuestra era, llamada de la información, podemos agradecerle la pluralidad de medios, que garantizan como mínimo varias versiones de las mismas noticias –sean éstas, insisto, verdaderas o no–. Sin embargo, no podemos afirmar que haya tenido éxito en cuanto a devolver al periodismo su noble tarea se refiere.

Por supuesto, no se trata de dar una visión única de lo opinable –sino este artículo no tendría razón de ser– sino de, simplemente, tratar de ser sincero. Entre la interpretación de los hechos y su tergiversación y entre su uso informativo o interesado reside la barrera entre el buen periodista y el malo. De la misma forma que en la persona honorable uno encuentra sinceridad, tanto para lo que es a gusto de la misma como para lo que le duele admitir, así debería suceder con el buen periodista. Y estoy convencido de que éste existe, por muy desapercibido que pase hoy en día.

La prensa y la información que nos proporciona son elementos claves para que un individuo pueda forjar su propia opinión sobre los hechos que le rodean, dotándole así de una libertad que es condición necesaria para que exista la democracia. Mientras los medios se vendan para favorecer a causas distintas a la de informar difícilmente podremos pensar libremente, ni, en consecuencia, votar del mismo modo.

Sin quitar importancia a la necesidad de forjarse un criterio, pues ésta es una de las principales tareas del hombre moderno, cuidémonos de favorecer a este falso periodismo, dotando de credibilidad a la manipulación, por ingenuos o por perezosos. Creo que ya es hora de dejar de leer y escuchar únicamente lo que uno quiere ver y oír y de dejar de favorecer a esta lacra. Si existe una responsabilidad como redactor, también existe una como lector.

Ahora que tal vez se sienta tan vulnerable como un servidor, tan engañado y manipulado y, sobre todo, tan indefenso ante estos ataques, puede que se pregunte qué puede hacer para combatir esta aparente «traición». Personalmente recomiendo prudencia en los juicios, criterio a la hora de elegir en quien confiar, investigación sobre los hechos y, la más importante, descrédito para aquellos medios que hayan tratado de engañarnos. Sencillo, ¿verdad?

Aclararme la verdad, es que ni un poco, pero que bien sienta hablar de vez en cuando de lo que a uno le preocupa. Que disfrute de los medios y que no lo hagan ellos de usted.

Buenos días.