Esta mañana, mientras leía esa ridícula novela de Goldman Archer, me he acordado de ti. No te asustes, sigo sin tener en mucha estima la obra de ese tipo, pero el caso es que, y supongo que es natural teniendo en cuenta lo prolífico que es, creo haber dado con un fragmento único entre toda esa amalgama de frases rápidas y sin gracia, o simplemente buscaba una excusa para escribirte y no se me ha ocurrido nada mejor. ¡Qué le vamos a hacer! Últimamente casi todo lo que se escribe es bastante mediocre, pero eso ya lo sabes; y yo no hago otra cosa que leer.

Carson, Dejeu, De Lucas, Lorringam, Minsk,… Todos editados por ARL, los tres últimos, best-sellers, bueno, ya sabrás. O no. La verdad es que no sé nada de ti desde que me dejaste plantada en el Imperial. Pero qué más da. El caso es que son todos malísimos, y entonces, leyendo a Archer voy y me topo con esto:

[…] De la ingratitud de esa luz hemos nacido todos, de su brillo intermitente, de su frágil latido. Por eso temblamos como lo hacemos, porque no sabemos hacer otra cosa: si la luz no da calor, ¿qué otra cosa podemos hacer para combatir el frío? […]

Y porque conozco a Archer personalmente, que si no habría jurado que era tuyo. Un hombre agradable, aunque demasiado sin más, ya sabes. Hoy en día cualquiera puede ser escritor. Pero esa frase… Es la primera vez que veo algo así en una novela suya. Y me he leído las quince. Incluso la absurda trilogía esa ambientada en South Devon. Cada maldita página. A saber cuántas habrá tenido que escribir para dar con ese párrafo tan genial.

Aunque no te lo creas, sigo barajando la posibilidad de que tú se la hayas dictado, palabra por palabra, con la intención de formar un código de comunicación conmigo, o con cualquiera de tus lectores, claro. Pero en mi cabeza, quizá por ese afán de exclusividad que aún no he perdido, tenía más sentido que fuera un mensaje para mí. Porque sabías que no tendría más remedio que leerla y que sería capaz de reconocer algo tuyo, aunque fuera solo un fragmento. Oh, yo qué sé. Tal vez me esté volviendo paranoica. Pero es que, ¿se puede saber dónde estás? El mes que viene harán dos años. Y no es que te eche de menos, ¡al contrario! Estoy muy enfadada. “Necesito inspirarme, ver mundo. Viajar.” Solo tú podías ser capaz de desaparecer en este mundo de móviles y redes infinitas. Será posible. Y yo escribiendo en este diario mientras espero al tal Enrique Juarez. Más vale que éste sepa escribir. En buena hora acepté el puesto. Me pagan por leer sí, trabajo soñado.

Pero, será posible, ahí llega el tal Juarez. Con gabardina, sobrero y, por dios, ¿eso son flores? Odio cuando traen flores. Pretenden comprar con gestos lo que no pueden con sus palabras. Ojalá que no sea verdad. Y ahora se quita el sobrero, quizá para desvelar una calvicie del todo irremediable o…

No me lo puedo creer.

Pues me niego a dejar de escribir. No pienso levantarme a saludarte, idiota. ¿Enrique Juarez y unas flores? Si crees que así lo vas a arreglar todo, vas listo. Ya decía yo que todo esto era un poco raro.

Y me da igual que me estés mirando con incredulidad sin atreverte a sentarte. El viejo truco del escritor novel. Joder, apuesto a que al final sí que le dictaste las frases a Archer. Maldito loco.