Temía que se corriese el maquillaje, así que me esforzaba por no sonreír en exceso ni hacer ningún gesto más allá de aquellos estrictamente necesarios.

Hacía frío, de manera que Daniela y yo caminábamos con prisa hacia la plaza de México, allí cogeríamos la calle ancha y con un poco de suerte estaríamos en la fiesta antes de morirnos de frío. Já. Morirnos de frío. Tiene gracia. Especialmente en un día como ese.

Se lo comenté a Daniela y ella no dijo nada, nunca dice nada. Pero claro, ya se sabe, «los muertos no hablan». Vaya muermo de ciudad, ni un alma en las calles. Y Daniela a lo suyo.

En la fiesta a todos les encantó mi disfraz, no esperaba menos. Juan «el colgado» insistió en que nos hiciésemos una foto juntos. Aún hoy la tengo fijada en mi memoria. Él vestido de oficina, tratando de disimular su cuello roto y haciendo pasar la soga por una corbata y yo vestida de niña pequeña, estudiante, ¡tenía hasta color en las mejillas! Estaba perfecta. Apenas se me notaba el agujero de la frente. Un disfraz muy conseguido, sí señor.

Esta mañana he visto caminar a Daniela desde mi balcón, no hemos quedado desde esa noche. Iba cabizbaja y ojerosa. Siempre callada, siempre triste. Es una amargada, eso es lo que es. Ni que estar muerto fuera tan dramático. Vale, esos cabrones le cortaron la lengua, pero tampoco hacía falta que me amargara a mí el Día de los Vivos.