La primera vez que dibujé una bicicleta me salió sorprendentemente bien. Huelga decir que siempre he sido pobre en cuanto a habilidades pictóricas se refiere, pero aquel día en clase de tercero fui toda una referencia. Mi técnica fue imitada por varios compañeros y yo, embriagado por la efímera fama, encantado les expliqué los pormenores de la misma. Uno tenía que asegurarse de que el triángulo central tuviera sentido, eso todos lo teníamos claro; pero la clave residía en empezar por dibujar la cadena. Era una idea simple, pero imprescindible. Y, en ese entorno acotado, era mi idea.

Por otra parte, me resultó mucho más sencillo dibujar la dichosa bici que aprender a montarla. Ese caballo frío y muerto caía sobre la mitad de mi cuerpo cada vez que perdía el equilibrio. Y yo trataba de ocultar mis lágrimas al adulto de turno que me vigilaba en mis torpes intentos de pedalear. Y otra vez arriba, y «ve recto», «más rápido», «¡no pasa nada!». Pero siempre pasaba algo. O todo iba bien o todo iba mal. Al fin y al cabo, era un niño. O era el héroe del dibujo o el torpe de los «roedines», no hay espacio para la mediocridad en la primaria.

Curiosamente, aunque ahora sigo sabiendo montar en bici me he vuelto incapaz de dibujarla. Pero claro hoy, al contrario que entonces, a nadie le importa realmente. Estoy seguro de que una vez supe. Creo que la clave estaba en empezar por el sillín o algo por el estilo. No sé, en el fondo creo que a mí tampoco me importa. Es una bici maldita sea, ¡ni qué fuera para tanto! Y entonces arranco otro papel. Y «¡no pasa nada!». Pero siempre pasa algo. O todo va bien o todo va mal.