Ella era algo más joven que yo. Estaba sentada en esa mecedora del porche que cruje a cada movimiento y se entretenía con algo que no alcancé a distinguir, tal vez leía la prensa o algún libro cualquiera. Se la veía guapa, aunque no se hubiera arreglado. Yo por mi parte estaba exhausto y mi aspecto era el de un hombre cansado. Debía llevar lo menos una hora caminando bajo el sol de la mañana, eso como mínimo. Y así todo el mes, y así todo el verano.

Sin embargo, al verla allá a lo lejos, en la terraza, balanceándose en esa vieja silla, me decidí a llegar a su lado y pedirle un vaso de agua. No se negaría. Los pasos me costaban horrores y el sudor caía por mi cara como siempre suele hacerlo. Sabía que me quedaba poco, pero no pude evitar pararme a recobrar el aliento un momento, en una sombra. Fue entonces, cuando de pronto, ella se levantó y me miró desde el porche con gesto severo.

–Luis, por Dios, ¡haz el favor de caminar! Vamos, que te ha dicho el médico que si no andas te vas a quedar en silla de ruedas.

Yo maldije para mis adentros y continué arrastrando el andador. No se le escapaba una. Sin duda, esa era mi esposa. Y como la odiaba; y como la quería.

Y así todo el mes, y así todo el verano.