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La niña no tendría más de diez años, y la anciana no menos de ochenta. Ambas avanzaban a un paso distinto al de la multitud. Creo que por eso las vi, rodeadas por esa masa informe, haciendo equilibrios entre tantos pies.

La pequeña caminaba dando saltitos y miraba con atención los zapatos de la gente, señalándolos con vivacidad y mostrándoselos a su arrugada acompañante. Ella sonreía débilmente, con un giro de la comisura apenas visible, pero que tuve la suerte de captar. Según se movían por el río de prisas e inmediatez más me agradó mi visión, tanto que cuando llegaron a mi banco me quedé sin habla.

– Disculpe señor, ¿podemos sentarnos? – su voz era dulce y educada, algo temblorosa.

La anciana resopló al ver mi expresión pasmada y tomó asiento al otro lado del banco. La niña hizo lo mismo y a continuación le dio un beso en la mejilla.

– ¡Gracias abuela! ¡Esta siendo un paseo maravilloso!

La vieja volvió a sonreír con esa sonrisa cansada, tomó aire y le dijo con una voz más débil que su frágil cuerpo:

– Sí que lo está siendo, mi niña. Pero dime, ¿por qué querías venir aquí? Esta zona está repleta de extranjeros y carteristas. Hay mucho ruido y polvo por estas calles.

La niña se quedó pensando un rato, mientras lo hacía se rascaba la frente y fruncía el ceño de cuando en cuando.

– Creo que me gusta porque la gente de aquí parece perdida. No me gusta la gente que lo sabe todo. Yo no lo sé todo, ¡eso es mucho más divertido! Aunque también me gusta por el río, el río es tan bonito que parece de verdad.

La abuela rió.

– ¿Parece de verdad?

– Sí, es como el de mis cuentos. Parece un buen río.

Yo, que había disfrutado en silencio de la escena no puede evitar intervenir.

– ¿Y no te da miedo perderte?

La niña me miró con esos ojos que no logro olvidar.

– Sí que da miedo, ¡pero en los cuentos siempre se pierden alguna vez! Y yo quiero tener mi cuento, ¿sabe? Yo también quiero ser de verdad.

– ¿Cómo el río?

La niña soltó un risita.

– ¡No! ¡Yo no quiero ser un río, yo sólo quiero ser yo!

– Y lo serás, bonita -intervino la abuela- Ojalá no olvides lo que le acabas de contarnos a mí y a este señor. Y ahora, llévame de vuelta a mi cuarto y a mi cama, que mis piernas están viejas y quieren descansar.

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