Esta mañana me ha vuelto a suceder. A pesar de toda la medicación y todos mis esfuerzos, lo he vuelto a ver. Y si lo apunto en el diario es porque ese arrogante loquero me dijo que lo hiciera. Si lo apunta, decía el engreído matasanos, se dará cuenta de que es un temor del todo infundado, que no es más que un producto histérico de su problema. Recuerde: sea concienzudo con la descripción, eso le ayudará. ¿Qué me ayudará? ¡Y un cuerno! Después de tres horas de sudores fríos y tranquilizantes parece que por fin puedo ponerme a escribir el capricho del doctor. No es para tanto, dirá cuando lo lea. Eso es porque él no lo ha visto, no como yo. No sabe nada. Nadie sabe nada y sin embargo yo soy el loco.

Ha sido al entrar en la habitación de invitados. Hacía años que no abría esa puerta, tal vez desde que muriese Jacinta. O no. Lo cierto es que ya no recuerdo nada como antes; nada, salvo esa visión que no me deja dormir y que me asalta intermitentemente. Todo lo demás es difuso y oscuro, no sé mi fecha de nacimiento, ni los nombres de mis nietos si es que los tengo. Desde luego, debo tener edad suficiente, pues si me apresuré con el bastón a esa puerta blanca lo hice porque mi vejiga amenazaba con estallar, y esta casa tiene tantas habitaciones que la confundí con la puerta del baño, que creo que queda a mano derecha. Es igual, casi nunca llego a tiempo. Así, con las piernas apretadas y el batín desabrochado abrí de sopetón, busqué a tientas el interruptor y al dar la luz de esa solitaria bombilla, lo vi. Mirándome de frente, con unos grandes ojos bizcos babeaba ante mí mi mayor miedo, el señor de todos mis temores: ese rostro. Las pústulas cubrían toda la superficie de su cara, abriéndose paso como cráteres rojizos sobre las secas mejillas, las bolsas bajo los ojos serpenteadas por el morado y el negro de unas venas gastadas y el escaso cabello lacio y grasiento que cubría a duras penas un verrugoso cráneo eran eclipsados por esa profunda cicatriz que partía en dos la cara de mi demonio, que, inalterable, seguía mirándome con horror, abriendo la boca desdentada dispuesto a comerme.

Ni que decir tiene que me oriné encima y que entré en pánico. Sin dudarlo, telefoneé al doctor, no me importaba la hora. Tenía que hablar con él. Estaba al borde del colapso nervioso. De hecho, después del todo el ajetreo me doy cuenta de que no me he cambiado y que me escuece todo, ¡menudo desastre! ¿Y para qué? ¡Ese doctor no tiene ni idea de nada! Si he conseguido serenarme ha sido gracias a las pastillas, al buen copazo y a mi cabezonería. Será inútil el medicucho ese. Y además, ¡qué pesado! Todo el rato repitiéndome las mismas preguntas de siempre. Pero, ¿está seguro de que los tiró todos?

¡Por supuesto que los tiré todos! Si no ya haría tiempo que me habría suicidado. Antes, con todas esas cosas por la casa era imposible no tener las visiones prácticamente a diario. Los cogí uno a uno y los guardé en una habitación, en una de las que ya no se usan. Será cretino. Anda que volver a preguntarme por los espejos. Imbécil.