El bosque de Filu es el más antiguo de los bosques de mi mundo. Y lo es tanto que nadie recuerda realmente el motivo de su nombre. Realmente, temo decir que hoy en día es un bosque olvidado.

Aún así es grande, enorme. Como varios reinos, incluso como algún que otro mundo pequeño. Sus árboles son fuertes, gruesos y viejos, de raíces retorcidas y profundas, y hojas caducas, de todos los tonos de verde, violeta y amarillo que pueda imaginar un alma inocente. En su interior, gracias al cobijo que provee, viven multitud de seres, la mayoría de los cuales nunca dejan el bosque. Desde traicioneros espíritus que se alimentan del miedo, hasta los sabios linces, que acceden a ayudarte siempre y cuando les enseñes algo que no sepan de la vida o de la muerte. También hay peligrosas bestias que sólo pretenden comerte, hechiceros malignos, incluso hiedras venenosas. Por supuesto, no hay que olvidarse de los manantiales y sus guardianes y servidores, ni de las bayas silvestres de todos los sabores conocidos, ni de la serpiente Mar, ni del enigmático y solitario mono gris, que siempre tiene algo que contar y que si te descuidas no lograrás que te deje tranquilo hasta que te quedes completamente sordo o termine por enloquecerte.

Allí, entre sus gruesos troncos, me ha ocurrido de todo. He ayudado a orientarse a una familia de topos, que habían perdido la madriguera, luchado contra oscuras sombras que querían beber mis lágrimas, conversado con ardillas acerca de la conservación de las nueces, reído con las bromas de los murciélagos e incluso escapado de las garras de la misma muerte, que de vez en cuando habita sus estrechos senderos. Sin duda es un lugar mágico el bosque de Filu. Y creo que en parte por eso regreso cada cierto tiempo. 

Aunque todo el mundo me insiste en que no lo haga, dándome indicaciones acerca de otros caminos más seguros y directos, no me veo capaz de abandonar el bosque. Creo que si lo hiciera, con el tiempo, me olvidaría de él. Y creo que si yo lo olvido, nadie lo recordará, ya que me temo que soy el único que aún lo conoce, ¡y eso sería terrible! Pues si algo se olvida en mi mundo, poco a poco deja de existir. Es por eso que la gente piensa que estoy algo loco y desaprueba mi conducta: han olvidado el bosque de Filu y ya no existe para ellos. No recuerdan las palabras del visón ni las fiestas de la primavera, ellos ya sólo conocen los caminos y las señales. Si hasta les da miedo perderse.

¿Cómo ha podido pasar? Hace nada ellos también lo visitaban, y contaban conmigo historias magníficas sobre él. Y ahora, simplemente, ya no existe. ¿Y si yo me olvido? ¿Qué será del bosque? No quiero ni pensarlo.